martes, 26 de junio de 2007

El auto se hizo nube

Todo estaba en su lugar, las avenidas, los autos, los edificios, los shopping, los cines... todo parecía estar en el sitio que le correspondía, en el lugar que algún ser mezquino había creado para que ciertos objetos perduren por un tiempo más que prolongado en él. Las personas se desplazaban por las veredas; los coches, por las avenidas; los shopping, edificios, cines y demás inmuebles se mantenían relativamente inmóviles. Pero de un momento a otro todo cambió. Una nube bajó hacia la tierra y se coló por la ventanilla de un auto viejo, en el que confieso que hasta ese instante, me encontraba cómodo e imperturbable. El auto se hizo nube, y la nube ya auto, volvió al sitio que le correspondía, el tan lejano cielo. Fue entonces cuando comprendí que para volar no se necesitan alas.

Huí por la ventanilla del auto e ingresé a la pista de baile. Todo era música, una música deliciosa. Mi cuerpo comenzó a moverse como pocas veces lo hace, las luces estaban incandescentes, los cuerpos pegadizos, la traspiración emanaba de ellos como descarga de energía, de la libido incontenible. La gente tomaba una bebida color amarillento de una botella de vidrio oscuro. No terminé de comprender si la botella era o no una extensión de la mano de aquellos bailarines. Los chicos eran raros, eran jóvenes, estaban todos alborotados en un ambiente festivo, en una bacanal ingobernable. La música estaba alta, a mí me deleitaba verlos bailar, verlos moverse, contornearse, ver sus caras, sus gestos, sus movimientos desinhibidos, aguerridos. El alcohol parece desinhibir los cuerpos, y estos una vez que logran liberarse, se autogobiernan y se autogestionan. Aunque debo admitir que por lo que vi no se gestionaban de una manera eficaz y eficiente, sino por el contrario, parecía que el despilfarro de energía era moneda corriente de estos cuerpos habitados por almas irritadas.

Pero algo me turbó. La música cambió. O mejor dicho, la música se fue. Pero no vino el silencio, vino la degradación de un conjunto de ruidos estridentes. Lo erótico pasó a ser pornográfico, de repente todo era repugnante. Logré divisar que la tortura provenía de unos parlantes de tamaño considerable que se encontraban cerca mío, y me alejé. Fue entonces cuando decidí ir a sentarme a una mesita alejada y oscura pero muy cálida, hecha de una madera noble. Allí comencé a recobrar la cordura, y fue entonces cuando enfrenté con coraje la decisión de largarme de ese antro.

De vuelta en mi barrio, todo volvía a estar donde siempre estuvo. Nada parecía haber cambiado. Las avenidas, los edificios, los autos, los shopping, los cines... todo estaba en su lugar. Luego de una corta caminata logré llegar a mis aposentos donde finalmente pude descansar.

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