viernes, 9 de noviembre de 2007

Brigada Bici

De repente me vinieron a la mente aquellas calurosas noches de octubre en la mesita del bar Avenida. Allí nos reunimos alguna que otra vez, Makeim, Tavorda y yo, con la despampanante invitada de honor de toda juerga, la rubia Mireya. Puede que haya sido en aquel bar, en una de esas noches, donde comenzamos a planificar las vacaciones de enero. Delirábamos juntos con irnos en bici para Rocha y poco o nada nos importaba las revoluciones que tenía que hacer el plato de los pedales para alcanzar nuestro cometido. Teníamos las ganas de ir y listo, creíamos que con eso era suficiente, que lo íbamos a hacer a puro pulmón y que pedalearíamos hasta que las piernas dijeran basta. Acompañados por el beberaje habitual y por los cambios psíquicos que esto genera, aquellas noches discutimos las paradas que debíamos hacer, cuando serían los momentos de descanso, si convenía viajar de noche o no, donde nos quedaríamos por las noches, etc. En pocas palabras, planificábamos el viaje, cosa que paradójicamente se disfruta tanto o más que el propio viaje.

Los días de octubre se fueron volando, y cuando quisimos acordar, faltaban minutos para arrancar. Las ansias se sentían a flor de piel. Mi cuerpo, fatigado, débil e impaciente, rondaba aún por casa deambulando por sus rincones. La mochila de acampar estaba a medio hacer, como si acaso quisiera prolongar esos instantes un tiempito más. La bici me esperaba atada a la reja, presa e inmóvil, cohibida, tímida, como si supiera lo que le esperaba.

No recuerdo bien a que hora exacta tocaron timbre en casa la tarde del dos de enero para avisar que estaban listos. Bajé del segundo piso del edificio con la bici y la mochila de una forma un poco torpe pero eficaz. Atamos las mochilas de acampar a la parrilla de las bicicletas con unos pulpos que teníamos, mientras se acercaban unos pibes del barrio, de 11, 12, 13 años, entusiasmadísimos con nuestra travesía. Quizá, proyectando en ella sus sueños de libertad. Ya sin más preámbulos y prácticamente sin despedida alguna, partimos hacia la estación de servicio de la esquina para inflar las bicis y luego rumbo a la rambla, para dirigirnos al este. Así, cuando caía el sol de la tarde del dos de enero, nos encontramos, Mati, Macakeim, Tavorda y quien escribe, pedaleando contra el viento, enemigo de todas las horas, rumbo al este, con el sol a nuestras espaldas.

No hay comentarios.: