Sé que he de volver a la taberna de Gandalf y sé que lo haré pronto. Pero esta vez no será para encontrarme con lacayos del poder, sino con el mismísimo pueblo sublevado.
Había una vez un cochinillo que no supo adaptarse a las normas establecidas por la comunidad porcina. El cochinillo se sentía mal, no entendía que sucedía entre ella y los demás porcinos. Pensaba para sí, que algo le estaba saliendo mal, pues ella quería ser decente pero no podía. Pasó el tiempo, y el cochinillo se hizo cochino, una verdadera chancha para ser más preciso. Pensó que debía tener un nombre y fue así que luego de un tiempo, decidió autobautizarse Francisca. Ya de grande, cual hembra solitaria, Francisca supo sobrellevarla viviendo a salto de mata, fueron tiempos duros, pero nunca perdió su dignidad. El tiempo pasó y Francisca se deshizo de lo único que tenía: su nombre, desde ese entonces simplemente le llaman la chancha. Hoy, despojada de todo, sigue en lucha y se dice por ahí que pronto arribará a la taberna del amigo Gandalf.
Como pienso que los homenajes, aunque simbólicos sean, hay que hacerlos en vida; yo, hipócrita y mezquino, hoy quiero reivindicarla y levantar mi copa a su salud.
jueves, 30 de agosto de 2007
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