La noche era húmeda, las luces de los autos reflejaban las gotas de lluvia. Yo caminaba, me dirigía hacia la parada para volver a casa. Salía del confort de un hogar para llegar al confort de otro hogar.
Al llegar a la parada de ómnibus, me encontré con un hecho un tanto peculiar: había un señor de entrada edad, digamos que andaba por los sesenta, tirado en la vereda, acostado. Uno de sus zapatos ya no estaba en su pie y el bastón se encontraba a escasos centímetros de su mano. Su vestimenta estaba empapada, la lluvia le caía en su rostro, sus ojos cerrados, su cuerpo inmóvil. Me acerco para ofrecerle ayuda y no responde. Escucho comentarios de gente que se encontraba cerca mío: - dejalo, está borracho; - siempre sucede lo mismo; - qué cosa con esta gente.
Es raro, me fastidiaba tanto los comentarios como mi inacción ante la situación. Me vi en una encrucijada, quise ayudarlo, pero no supe cómo. Escuché que decían que el hombre estaba solo, que su familia no se quería hacer más cargo de él, que era alcohólico. Al parecer padecía el abandono de sus seres queridos. Me conmoví ante la situación y me puse triste. Me imaginé a mí a los sesenta y sin dudas distaba mucho de la situación de aquel hombre.
“Mal compañera de viaje, la soledad”
lunes, 24 de marzo de 2008
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2 comentarios:
¿Qué es peor? ¿El sesentón alcolinga, o el quinceañero pastabasero? ¿A cuál es peor llegar?
¿Cuál es la diferencia? ¿Que uno ya la vio, y el otro ya la viene venir?
Si tendremos suerte...
El sesentón, en el lenguje mojigata, es un "queyala". Por lo menos le debe quedar una gran gama de recuerdos.
El quinceañero es un suicida prematuro.
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